domingo, 15 de diciembre de 2013

¡Eurovegas ha muerto! ¡Viva la mezquindad!


Me quedo perplejo por la euforia suscitada entre determinadas personas al conocerse la noticia de que Eurovegas desiste de hacer su millonaria inversión en Madrid. Desechar un proyecto que prometía miles de puestos de trabajo me parece una frivolidad que no nos podemos permitir. Pero parece que convivimos con mentes tan mezquinas que prefieren que todos estemos mal, antes que haya algunas familias que tengan para pagar sus hipotecas. Supongo que el argumento de estos iluminados será que el PP no podrá mangonear a sus anchas ni enchufar a sus acólitos, bien, que no tengan miedo por eso, aquí se ha robado hasta la saciedad y se seguirá robando. Con Eurovegas o sin, los que viven bien lo van a seguir haciendo. Al final seguimos viviendo de las migajas que se le escapan entre los dedos a la élite… ¿Qué es triste? Pues sí, pero trato de vivir en un mundo realista y ahora más que nunca hace falta trabajo. No es el momento de mirar a las nubes.

Hace unos años, muchos, unos cuantos fundábamos el club de pastor alemán. Uno de los debates importantes era el tipo de perro que se debería de criar. Por un lado estaban los criadores de pastores alemanes de belleza, para exposiciones, y al otro lado, entre los que me encontraba defendíamos las antiguas líneas de sangre, perros toscos, duros y hasta feos, pero que cumplían con lo que debe tener un pastor alemán en la cabeza. La cuestión de fondo era que lo criadores de belleza criaban perros como conejos sin preguntarles si estaban dispuestos a dar un ladrido a un extraño, el único requisito era que fueran guapos. Como siempre existían lugares comunes, pero para encontrarlos se requería que las partes cedieran, cosa a la que ninguno estábamos dispuestos. Unos por intereses económicos y otros por convicción. La cuestión era que no llegábamos a ningún acuerdo y al final se resolvía todo por votaciones, y que como suele suceder, llegaba alguien con suficientes votos delegados para acallar las intenciones.

Indignado por lo que sucedía, le comenté la situación a un amigo adiestrador alemán. Evidentemente Alemania es la cuna del pastor alemán, y el club es una institución en el país. Ellos llevaban años con el mismo debate y hasta con las mismas diferencias entre los criadores de perros de belleza y los de trabajo. Mi amigo Gunter, comprendió lo que le exponía a la perfección, me reconoció que ese mismo encarnizado debate existía en sus reuniones, pero había una diferencia. Ellos dejaban a un lado sus intereses personales, sus ambiciones económicas e incluso sus fobias hacia determinados personajes y solo contemplaban el bien común ¡Joder, claro! Así que fácil se hacen las cosas… Mi amigo me dio una pequeña lección con su observación, ese es el espíritu que hay que llevar a una reunión y la manera de que sea productiva.

Lo que ha sucedido con Eurovegas es el reflejo de lo que somos, no ha habido día en que el `proyecto no haya sido criticado y vilipendiado. No entro en motivos ni en ambiciones, pero este era el momento de dejar a un lado los intereses personales y fobias y dar la talla como sociedad. Está claro que la mezquindad y la envidia son el pan nuestro de cada día, pues nada, mi enhorabuena a los ganadores.       

martes, 10 de diciembre de 2013

¿No sabes lo que son las dilailas? Pues te persiguen...



     Ayer comí con mi amiga Yolanda y, en un momento de la conversación, le comenté que estaba harto de intentar darme de baja en Telefónica de una de las líneas ADSL que tengo. La pobre soportó, estoicamente y sin perder la sonrisa, mis lamentos y mi frustración… Los contestadores automáticos enumeran todas las opciones habidas y por haber — menos la que te hace falta — y cuando al fin conectas al otro lado del hilo con una voz de allende los mares piensas que ya está hecho: ¡Ni hablar del peluquín!. Te dice, muy amable, eso sí, que tienes que llamar a otro número. Cuelgas, tomas aire y lo intentas de nuevo, hasta que consigues hablar con otro agradable operador que te dice que vuelvas a llamar al primer número que marcaste. Uno, además de estos menesteres, también tiene una vida propia y, por qué no decirlo, poca paciencia para aguantar que le tomen el pelo.
Antes de perder los nervios, opto por olvidar el tema hasta el mes siguiente cuando me llega una nueva factura y entonces me vuelvo a acordar de que me tengo que dar de baja de Telefónica… Así,  llevo meses sin salir de este bucle.

     Le recordé a Yolanda aquellos tiempos en los que podías llamar a una Compañía y preguntar por el responsable, el encargado o la persona que se ocupa, y mejor o peor te daba las directrices para que actuaras. Ahora, todas las grandes empresas se han aprendido el cuento: montar un call center y  estafar a la gente que, por paciencia, educación o falta de ánimo, nos dejamos engañar.
     Mi amiga me miraba soportando mi monólogo hasta que, finalmente, moviendo la cabeza y sonriendo maléfica, me dijo.
—     Yo, una vez a la semana, me dedico a las “dilailas”. Advierto a mi marido y a mis hijos de que no me molesten, me encierro en un cuarto y me concentro en resolver dilailas.
    Ya nos conocemos hace tiempo, tanto como para que nos manejemos con una curiosa jerga basada en cientos de chascarrillos comunes y vivencias divertidas, pero esa palabra era nueva en nuestro diccionario.
—     ¿Dilailas? — le pregunté intrigado, pero con la certeza de que iba a tener su enjundia.
     Entonces, pasó a exponerme la definición de la dichosa palabreja: una “dilaila”, es una marrón (cito textualmente), es el típico problema que te surge de una compra defectuosa, de un mal servicio, de una multa, de querer darte de baja de algo que has contratado y, cuando pretendes reclamar tus derechos, entonces se convierte en una misión imposible. No pediste la garantía, no tienes factura o, simplemente, la empresa ha montado un dispositivo inexpugnable a su alrededor.
    Me contó que en ese momento ella tenía tres dilailas. Una de ellas es que el perito del taller tardó una semana en ver su coche y ahora le están reclamando el dinero que tuvo que gastar en el alquiler del vehículo de sustitución. Conozco su perseverancia y no dudo de que lo conseguirá. Incluso, me comentó ufana, que hace poco le habían quitado una multa. Claro, ella es de ese uno por ciento de la población que no permite que le tomen el pelo, pide factura de compra y la guarda, manda el sello de la garantía en tiempo y revisa las facturas. La verdad es que me dio envidia, pero también me hizo recapacitar, mientras degustaba un delicioso cocido, en mis propias dilailas y en cuántas tendría yo en ese momento. En un instante recordé tres, ahí pendientes de mí, persiguiéndome inmisericordes como ladillas y poniendo en evidencia mi falta de coraje para resolverlas. Lo siguiente que me vino a la cabeza es que todos llevamos dilailas pegadas a nuestra vida, es una cuestión implícita al habitante de las zonas civilizadas. Allí mismo, con los garbanzos y el chorizo como testigos, me juré a mi mismo que iba a terminar con mis dilailas aunque fuera lo último que hiciera en mi existencia. Para ser honesto y realista, no le hice esta confesión a Yolanda por si las fuerzas me flaquearan, ¡a ver quién la aguanta luego!
    Hoy me he levantado y soy un hombre nuevo. He retomado un tema de seguros que tengo pendiente, un dinero que me debe la compañía Mercurio, la que gestiona los seguros de empresas municipales de transporte; sí, la del presidente de la CEOE, Díaz Ferrán, la que ha ido a suspensión de pagos. ¡Una dilaila clásica! Acojonante, resulta que el presidente de los empresarios me debe dinero, pobre, además los malotes del gobierno le han dicho que su compañía de viajes Marsans ya no se va a hacer cargo de los viajes de los diputados… jooo, pero por qué ahora os cebáis con el pobre Díaz Ferrán… De verdad que tenemos lo que nos merecemos, ni más, ni menos.
     El caso es que después de varias llamadas, he conseguido hablar con una señorita de un consorcio de acreedores que tramita las indemnizaciones. Me reconoce la deuda, ¡bien!, y también me dice que, lo mío ha sido mala suerte, el día 7 de marzo dieron el visto bueno al pago y el 15 quiebra la compañía ¡Mecatxis! Me toma mis datos para cuando decidan pagar algo y, de paso, me pide mi cuenta del banco, aunque ya la tienen. Pero, y aquí viene la preparación de la dilaila, me pide que le mande un fax con mi libreta. Le pregunto que a qué libreta se refiere y me contesta que la del banco. Me quedo a cuadros, la última libreta que tuve creo que fue a los diez años y en ella metía monedas de dos reales, las del agujero, ante la supervisión de mi padre. Le digo, que no tengo libreta  y me responde que, sin libreta… Me sale contestarle en lenguaje medieval para que me entienda mejor: “Tornad vuestra merced en el empeño, que no he de enviar libreta yo”, pero me callo.
     La única concesión al progreso que me hace es que no es necesario ni sobre lacrado, ni transporte en calesa, ni siquiera el obsoleto fax… ¡puedo enviarle la libreta escaneada!. Pero, Dios es justo, cuando ya me estaba imaginando la cara de mi amiga Marisa, la directora de mi banco, cuando le pidiera una libreta, de pronto, me he acordado de que mi hijo tiene una libreta infantil y por suerte, aparece mi nombre. La he escaneado y se la he enviado “ipso facto”. Aún no las tengo todas conmigo, mi hijo es el titular, pero estoy satisfecho porque, al menos, he puesto en marcha un tema olvidado. Otra cosa es cuándo me pagarán… eso son dilailas mayores. La señorita que me ha atendido me ha dicho que pueden ser días, semanas, meses…
   P.D. Una dilaila para el que la quiera: Las libretas infantiles del BBVA son unas cuentas para niños donde se deposita un dinero y al cabo de los años, en vez de incrementar el saldo, hacienda y el banco se encargan de que tengas menos de lo que ingresaste.
Este relato lo escribí hace tiempo pero las dilailas siguen flotando sobre m vida, por fin cobré la indemnización de la empresa de seguros, Diez Ferrán, ex Presidente de los empresarios está la cárcel, aun sigo esperando noticias del BBVA sobre el dinero que le robaron de la libreta infantil a mi hijo... ¡Panda de chorizos! 

sábado, 5 de octubre de 2013

Elucubraciones de un perro incomprendido


Ya sé que no debería estar haciendo esto, no es que me lo hayan prohibido de forma expresa. No me han dicho: ¡Bruno, no utilices el portátil!, pero hay tantas cosas que no me están permitidas, tantos lugares a los que no debo acceder, tantos ¡Bruno no!, que uno termina por imaginárselo, intuir cuando se anda por terreno pantanoso. Alguna vez me tengo que permitir una licencia, un brindis al sol, un homenaje. Si no, ¿qué sería la vida?, una sucesión de tediosas  rutinas programadas para que los días pasen sin sentido, sin dejar huella, sin que seamos conscientes de que estamos aquí para algo más que dormir y comer.

Encontrarme el ordenador abierto y encendido ha sido una sorpresa, una tentación, Adolfo no suele hacerlo, es muy meticuloso, ordenado, demasiado diría yo. Siempre lo cierra con sumo cuidado como si este trasto custodiara en sus entrañas los tesoros de la dinastía Ming, hasta lo deja con la sabanita blanca de protección del teclado. La que trae de fábrica para que la pantalla llegue inmaculada a los propietarios. A mí me dan ganas de comprarle una de ganchillo, que fuera un poco más grande y que asomara por los lados, iba a estar precioso, ¡un portátil con enaguas! Pero hasta eso me tienen vetado.

No confían en mí y mira que hago todo lo que está en mis manos, me esfuerzo, me muestro dispuesto, obediente, pero parece que siempre es poco. Que si “Bruno, ven aquí”, que si “Bruno trae aquello”, y yo como un tonto para arriba y para abajo pendiente. Les noto que en el fondo desconfían, me tienen miedo, recelo, no son agua clara. Por las mañanas cuando se van a trabajar, Lucía me dice: ¡pórtate bien, Bruno! ¡Lo ves!, no hay confianza, esa despedida, esa frase le deja a uno u regustillo amargo, una invitación maliciosa, con  sensación de: “quieres que me porte bien”, ¡pues te vas a enterar!

No tenía en mente nada especial para esta mañana, lo normal, sestear, pasar el rato y esperar, esperar mucho. A veces pienso que el cariño que me demuestran es falso, solo me necesitan para que les espere, para encontrarse alguien que al llegar a casa les reciba con una sonrisa, con un gesto cálido, un amigo. Pero hoy estoy inspirado, me encuentro en forma, el rictus irónico que siento en mi cara me delata, pero me da igual, tampoco hay nadie delante para apreciarlo. Son cosas mías… del aburrimiento.

Ya verás la sorpresa que se a llevar Adolfo cuando regrese, traerá las cartas y las llaves en la mano, entrara con la cara de “pasmao” que se le pone en la oficina y entonces se dará cuenta con horror, con pánico, de su fatal olvido — Mendrugo, ¡Nunca debiste dejarte el portátil abierto y encendido!

Me lo estoy imaginando con la cara descompuesta, ida, desencajada. Me buscará, ya lo sé, me gritará, me insultará, pero el trabajo está hecho, “Alea jacta es”. Se extrañara de mi acción, pero yo tampoco comprendo como un cerdo se puede mantener sobre dos patas. Recogerá con mimo los trocitos blancos de la sabanita de protección, intentará recomponerlos como si se tratara de un puzle de un día nevado, traerá un algodón con alcohol y se pasara una hora limpiando con esmero cada marca, cada huella, cada arañazo, cada mota de su amado aparatejo. Lloriqueará como una nenaza, despotricando y maldiciendo mi nombre. Le escucharé compungido, cariacontecido, inundado de tristeza, más falso que un euro de Trinidad y Tobago. No sabe que lo peor aún está por llegar, no sabe lo que le espera, ni se lo imagina.

Lucía también regresará del trabajo, cargada con un par de bolsas de la gasolinera, el pan, unas patatas fritas, y me preguntará: ¿Te has portado bien? ¡Qué ilusa!, pasa y pregúntale a tu marido, pensaré con sorna.

Se lo encontrará sudoroso, abatido, restregando y restaurando cada brillo del teclado, cada reflejo de la pantalla — ¿Qué ha pasado? — le preguntará alarmada, sin bajarse de los tacones de la oficina, confusa ante su cara melindrosa y su afán limpiador. Adolfo intentará buscar una aliada, una mano amiga, alguien con quien compartir su desgracia, repartir sus culpas — Mira lo que ha hecho Bruno —, pero para ella, hoy no es el día de la beneficencia — ¡Si no te lo hubieras dejado abierto! — le reprochará con esa delicadeza fina y puntiaguda, esa habilidad innata en las féminas para hacer sonar la nota más dolorosa, más hiriente. ¡Seguro que no me falla!, ¡ella nunca lo haría! Adolfo no va a ser capaz de digerir la acusación, la culpa, verse señalado como el único. Se remorderá las tripas, se bañara en sus propios excrementos, se retorcerá entre sus detritus; sólo de forma metafórica, por fortuna.

Ahora ya tiene dos tareas, reparar su preciado amiguito y no comerse a  Lucía por ser tan sincera, tan honesta, tan cabrona — ¡Ha sido Bruno! —, se intentará defender, chivato, ladino, cutre, sabedor de que la culpa es suya, hasta él lo sabe, pero es demasiado orgulloso para reconocerlo.

Aún será peor cuando regrese su mujer del dormitorio con las zapatillas puestas  — ¿Este ratón que había tirado en el suelo es el del portátil?, además le faltan las pilas, ¿sabes dónde están? — Le preguntará inocente, como si le cupiera alguna duda, como si los ratones de ordenador tuvieran vida propia, las mujeres a diferencia de los hombres, no creen en la telequinesia. Adolfo lleva toda su vida intentando que los calzoncillos se teletransporten desde el dormitorio al lavadero, sin éxito.

Lo que aún no saben es que me he tragado las dichosas baterías, quizá haya hecho una tontería, un segundo de flaqueza durante la tediosa mañana, pero me he querido suicidar.

Si, ya sé que a lo mejor no ha sido lo más acertado, la idea más brillante, la forma más digna de morir, pero es que tampoco doy para más. He oído que el cadmio es venenoso, he visto la calavera, la muerte impresa en la pila y no he podido soportar la tentación. ¡Me las como!, me he dicho, la forma más rápida para dejarles el camino libre para que disfruten sin límite de su nuevo juguetito, de su nueva adsl. Espero que surta efecto mi entrega, que sean tan eficaces como sugiere el dibujo. Estaban asquerosas, ¡Con lo que me ha costado tragármelas! Como si lo viera, con la mala suerte que tengo, de esta terminamos en mi lugar favorito: El veterinario. No sé porque cada vez que vamos me tiene que meter el termómetro por el culo, le da igual. Que Bruno tiene que vacunarse, termómetro por el culo. Que Bruno está raro, termómetro por el culo, Que vengo a despedirme que nos vamos de vacaciones con Bruno…

Lo único que espero es que mi inmolación haya servido para algo, que no caiga en saco roto, al menos una semana de diarrea, unos días de martirizar a Adolfo persiguiéndome por calles y jardines recogiendo mis detritus con la misma delicadeza que trata a su portátil, saludando a los vecinos mierda en mano, haciéndoles pensar que es el más cívico. ¡Si cuando no te ve nadie no las recoges!, que uno está mayor pero no tonto.

Ahora, que ya le tengo calado, siempre busco a uno de las vecinas, mi favorita y también la de él, la del tercero; lleva unos escotes que se le ven hasta las bragas cuando se agacha para acariciarme, a Adolfo le vuelve loco, le encanta que vaya a su encuentro y así poder charlar un rato con ella. Es muy simpática, pero cuando le ponga un tordo a su lado y lo tenga que recoger por compromiso, ya no le hará tanta gracia.

 

De modo infructuoso, Adolfo frotará el portátil, echará su apestoso aliento para sacarle lustre, para volver a restregar con el paño, esos malditos arañazos no van a salir, están grabados para siempre en la nítida y brillante superficie del ordenador. Me mirará con desdén, con desgana, pero nunca conseguirá que vuelva a su primitivo estado de esplendor. — ¡Nada!, lo ha jodido —dirá antes de rendirse a la evidencia. ¡Te voy a llevar a un albergue! —me amenazará en su impotencia, pero tanto él como yo sabemos que Lucía nunca lo permitiría.

—   Mira, si aún parece que se está riendo —le dirá disgustado a su mujer.

—   ¿Cómo se va a reír?, los perros no se ríen Adolfo, es sólo un gesto, una expresión de imitación de los seres humanos, pero no tiene sentido. Lo hacen como sumisión…

Y yo mientras me estaré descojonando de risa, en sus narices, la venganza es un plato que se sirve frío. Tantos mimos, cuidados, atenciones — Mira, le he comprado un ratón inalámbrico — y aquí uno mirando, aguantando, soportando humillaciones, mendigando su atención. ¡Con lo que se divertían antes tirándome el palo o la pelota!, ¡Qué buenos ratos han pasado conmigo! Con viento, con frío, con calor, ¿Cuándo me he negado yo?, siempre he estado ahí, al pie del cañón, dispuesto a traérsela una vez más. Y créeme, cuando era más joven tenía su gracia ir y venir a buscarla para tenerlos entretenidos, pero con la edad cada día me cuesta más. Entiendo que les parezca fascinante lo de lanzar la pelota sin ningún sentido, sin ninguna finalidad, sin ninguna dirección, pero también deberían de pensar en uno. Hay días que no tengo ni pizca de ganas y aún así voy corriendo para que no se sientan mal y ¡hala!, otra vez la lanzan sin ninguna misericordia.

Desde que llegó el dichoso portátil a casa, nada fue lo mismo. Se pasan todo el día enfrente de la pantalla, comen un sándwich sin despegarse y hasta casi parece que les molestas si te acercas — ¡Cuidado con el cable, Bruno!

Para este momento habrán repuesto las pilas, el ratón estará operativo, ¡estamos salvados!, pensarán. ¡Podía haber sido más grave!, dirá Adolfo, queriendo desmarcarse de su responsabilidad, reconociendo que había entrado en una vía muerta si pretendía echarme las culpas. Incluso me llamará conciliador, me dará una palmada tranquilizadora antes de conectarse a internet.

Aún no sabe que he desconfigurado el ruter, pero lo que ignora también es el tiempo que le va a costar encontrar el problema, las horas que a emplear antes de tener que llamar al servicio técnico y aguantar que le humillen desde un contestador automático. ¡Se pone de los nervios! Le veré como lo reinicia la primera vez, su cara aún no reflejará la agonía, es normal, pensará. Se lo comentará a Lucía que distraída, ajena al problema le dirá: Apaga y enciende. Ya lo ha hecho, y ahora ¿qué? Su cara empezará a mostrar signos evidentes de sufrimiento, un sudor frío le recorrerá por la frente, desesperado llamará a su mujer, tiene que darle una noticia vital:

—   ¡Lucía, no funciona internet!

Ella lo podrá soportar, siempre es más positiva.

—   Ah, vale, te toca bajar a Bruno, está un poco raro, le suenan las tripas, ¿por qué no te pasas por el veterinario?